
Fue allá por el 88 cuando le vi por vez primera, al final de sus años dorados, sus grandes discos y su E Street Band original, y fue fantástico disfrutar de un repertorio propio como el suyo durante más de cuatro horas.
Lo del viernes para mí fue como un reencuentro, una reconciliación. Tras muchos años de discos íntimos, personales, difíciles, que coinciden con mis años menos rockistas y más modernos, Springsteen se descuelga con el repertorio dolorido de Pete Seeger, convertido en canciones de fiesta.
Y con una banda cercana a lo más grande que yo haya podido ver jamás. La historia de la música americana al alcance de mis dedos. Un escenario casi cinematográfico, enmarcado entre cortinas de terciopelo decadente, con lámparas de putiferio del Far West. Todo muy comedido, no sea que se ponga barroco y parezca un concierto de Dolly Parton en el Caesar Palace de Las Vegas.
Una banda inventada para la ocasión pero que parecía haber funcionado toda la vida. Un vestuario apropiado con el terciopelo y el bourbon. Y un sonido arrebatador para unas canciones reconstruidas para repasar con ellas la música popular de un pueblo: dos horas y media de blues, cajun, swing, gospel, dixie, jazz, rock, soul, todo junto y bien ordenado. Todo negro y todo blanco. Todo muy entregado y sin excederse demasiado en ese aire mesiánico que persigue a las grandes estrellas convertidas en mitos vivientes. Y cantó "The River", que decían que no cantaba nada suyo y canto "The River", que sigue siendo igual de emocionante aunque la cambie de arriba a abajo, y la deje casi irreconocible.
De vez en cuando un concierto de más de una hora no está nada mal, y una riqueza de más de un estribillo y una armonía de más de cuatro instrumentos y con cierta complejidad, se agradece.
Una pena que la modernidad reniegue y de la espalda al star system, incluso cuando es mucho más valiente, arriesgado y provocador que la última pijada de supuesta vanguardia o el último hype festivalero. Ellos se lo pierden.
ACID QUEEN